Crecí en un pueblo sin fronteras vecinales, sobre la ausencia del asfalto, entre patios extensos que se transmutaban en recintos creativos para las artes vivas, un desierto de arenas donde el estambre de púas me decía que podía franquear la cerca. Un escenario donde danzaba haciendo oda bajo el mango, el plátano y el níspero a pies desnudos y palpando con cada huella de mi piel porque sabía que no sería para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario